Catolicismo: Esa Obscura Obsesión por María

9 Marzo, 2008

Catolicismo:
Esa Obscura Obsesión por María

por Pablo Santomauro

¿Recuerda el lector la película “La Pasión”, de Mel Gibson? El propio Gibson expresó que para él fue una sorpresa el entusiasmo con que los evangélicos abrazaron su película, a pesar de su marcado sesgo Mariano (1). Aunque muchos evangélicos no estén de acuerdo, me atrevo a decir que para el ojo entrenado no fue ningún secreto que el film exaltara por demás el rol de María, algo que los católicos no pueden dejar de hacer por traerlo injertado en su teología. La persona que conoce la doctrina católica no pudo evitar luego de ver el film, la impresión de que teológicamente María “se robó la película”. Cristo, por supuesto, se llevó las lágrimas, las emociones, y el “impacto”, al decir de algunos, que por lo general se evaporaron con el rocío de la mañana siguiente.

El magnetismo de la “madre del galileo”, como un soldado la llama durante el film, se manifiesta en el embelezamiento de otro soldado al ver a María durante la escena del Via Crucis. La cámara se detiene por varios segundos en el rostro hipnotizado del soldado mientras observa a María, totalmente absorto, ajeno a todo lo que ocurre alrededor suyo y desatendiendo sus tareas como parte de la escolta que acompaña la cruz. Este mismo soldado es el que estando de guardia frente a la cruz, cuando ve a María y a Juan acercarse, se hace a un lado para dejarlos pasar. La forma robotizada en que lo hace da a entender, desde el punto de vista artístico, que él no puede resistir la presencia de María, o que al menos experimenta una devoción por ella en estado embrionario.

La Pasión de María

La película mostraba también a María en absoluto conocimiento de lo que estaba pasando desde el momento del arresto de Jesús, i.e., del plan de Dios para la redención del hombre. Las palabras de María al comienzo de los sufrimientos de Cristo, fueron: “It has begun, so be it” (“Ha comenzado, que así sea”). María, en la película, tiene la facultad de sentir literalmente los dolores de Cristo, algo que realmente raya en la dimensión del misticismo ocúltico. Esto, sin embargo, armoniza perfectamente con la teología católica:

“La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima”. (2)

La doctrina católica presenta a María no sólo en conocimiento de todo el plan de salvación y al borde de la muerte durante los sufrimientos de Cristo, sino también unida con Cristo al punto de ser copartícipe de la salvación:

“María sufrió … y casi murió con su sufriente Hijo; por la salvación de la humanidad ella renunció a sus derechos de madre y, en cuanto de ella dependió, ofreció a su Hijo para aplacar la justicia divina. Se puede bien decir que ella, con Cristo, redimieron a la humanidad.” (3)

El espacio asignado para este artículo no nos permite expandir en la doctrina mariana de la Iglesia Católica. Suficiente es decir que María, según Roma, es co-redentora [494, 963-973], sin pecado [491], virgen perpetua [499], su cuerpo fue elevado al cielo luego de su muerte sin sufrir corrupción [966,974], y es Mediatriz de Toda Gracia [968-971, 975, 2673-2682] [Citas del Catecismo de la Iglesia Católica].

Es de conocimiento público que el Papa Juan Pablo era un ardiente devoto de María. Cuando fue ordenado Obispo Auxiliar de Krakow en 1958, escogió para su escudo de armas una cruz con la inicial “M” al pie, en honor a María. El lema adoptado por Juan Pablo fue Totus Tuus, lo que significa con referencia a María, “Totalmente tuyo”. (4)

Esta fue la evidencia de la completa consagración a María por parte del fallecido Papa. En mayo 13 de 1981, mientras su vehículo se dirigía hacia una ambulancia cercana, luego de haber sido herido por el sicópata-terrorista Ali Agca, Juan Pablo repetía el siguiente ruego: “¡María, mi madre! ¡María, mi madre!” (5)

La doctrina de la maternidad universal de María está presente en “La Pasión”, en las escenas donde los apóstoles le llaman “madre”. No sólo los apóstoles lo hacen. Cuando Cristo, camino al Calvario, cae bajo el peso de la cruz, María se le acerca para darle aliento. Cristo, levántandose con gran esfuerzo, pronuncia estas palabras: “Behold, mother, I make all things new” (“Contempla, madre, hago nuevas todas las cosas”).

Consultando con Jesucristo

Contrariamente a la exaltación de María por parte de Roma, nuestro Señor Jesucristo restó importancia a su relación con ella. De acuerdo con el registro escritural, Jesús nunca se dirigió o refirió a su madre con una de las palabras más tiernas y hermosas de cualquier lenguaje, “madre”. Esto es aun más desconcertante si tenemos en cuenta que en la tradición judía los padres eran exaltados por las obras de los hijos (1 S. 17:55-58). Un ejemplo claro lo encontramos en Lucas 11:27, donde una mujer, reconociendo la grandeza sublime del Señor, expresa: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste”. Contrario a la costumbre, el Señor reprende a la mujer por enfocar la atención sobre María y su rol de madre: “Antes bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios, y la guardan”.

Al acabarse el vino durante las bodas en Caná de Galilea (Jn. 2:1s), María recurre a su Hijo esperando de él alguna solución al respecto. “No tienen vino”, fue todo lo que María dijo. No hubo ningún pedido, pero Cristo supo que era una solicitud, y en voz baja (casi seguro) le dijo: “¿Que tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. “Mujer” es un título de respeto; no fue usado por Cristo en forma despreciativa. Prueba de ello es que Cristo usa la misma palabra para dirigirse a María desde la cruz (Jn. 19:26,27), cuando encarga a Juan el cuidado de su madre (Mt. 13: 55,56). El punto es que Jesucristo, con regularidad, evitó llamar “madre” a María en público, aunque es probable que lo haya hecho en privado durante los años de su crecimiento.

En Marcos 3: 31-35, tenemos la historia donde la madre de Jesús y sus hermanos vienen a buscarle y aparentemente no podían ni acercársele debido a la multitud. Cuando alguien le notifica la presencia de su familia, Jesucristo no vaciló en preguntar delante de la multitud: “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” Acto seguido, a los efectos de dejar el punto bien claro, mirando a los que estaban a su alrededor, expresó: “He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. Este pasaje, por sí solo, debería ser suficiente para convencer a muchos que depender de María para obtener salvación no es una opción muy inteligente.

Pertinente al concepto equivocado que presenta la película sobre María estando en conocimiento del plan de redención y los acontecimientos alrededor de ella, la Palabra de Dios nos muestra que en realidad María poseía un concepto muy opaco, y fue ignorante en muchos aspectos, acerca de la misión y el ministerio de su Hijo.

El mismo capítulo 3 de Marcos nos aclara la razón por la cual María y sus otros hijos vinieron a buscar a Jesús: “Y se agolpó de nuevo la gente … Cuando lo oyeron los suyos, vinieron a prenderle; porque decían: Está fuera de sí” (Mr. 3: 20-21). ¡María pensaba que Jesús había perdido la razón!

¡Vaya profundidad espiritual y entendimiento de las cosas de Dios por parte de María! Es evidente que la ignorancia de María respecto a las cosas del evangelio antes de la resurrección de Cristo, estaba a la par con la misma ignorancia de sus discípulos. Una vez más, la Biblia humilla la posición católica, la cual enseña que María fue “exaltada por sobre los ángeles y los hombres a un lugar sólo segundo después de su Hijo como la santa madre de Dios: “[ella]estuvo involucrada en los misterios de Cristo …” (6) (resaltado nuestro)

El Salmo 69, mesiánico por excelencia, expresa: “El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; Y consoladores, y ninguno hallé” (Sal. 69:20). Aparentemente, ni María ni ninguno de los otros al pie de la cruz tuvo conciencia de que delante de ellos se encontraba el Hijo de Dios sufriendo por los pecados del mundo.

La María católica: Una María diferente

Contrariamente a lo que enseña la Biblia, la Iglesia Católica enseña a sus fieles a que oren a María, porque ella puede persuadir a Dios para conceder peticiones que de otra forma Dios no daría: “… oraciones [que de otra forma no serían bien recibidas] … serán aceptadas por Dios cuando son recomendadas a él por la Santísima Madre y oídas favorablemente”. (7)

La Iglesia Católica presenta a María como una madre de corazón tierno que nunca rehúsa ningún pedido, especialmente a los que recurren a ella por medio del Santo Rosario (8). En contraste con María, Dios es presentado como un tanto frío y un benefactor vacilante, al cual debemos acercarnos por medio de María (9). De este modo, en una mueca cruel de la mentira, la teología católica conlleva en sí una variante del complejo de Edipo, matando la soberanía del Padre y revistiendo de deidad a María.

La María del catolicismo Romano no es la María de la Biblia. La Escritura es totalmente silenciosa respecto a una mujer concebida sin pecado, perfectamente impecable (10), perpetuamente virgen (11), ascendida a los cielos (12), llamada Madre de Dios, co-redentora (13), Reina del Universo o Mediatriz de Toda Gracia (14).

A pesar de lo anterior, respetando la Tradición y la razón humana por encima de la Sagrada Escritura, la Iglesia Católica, infatuada y decidida a exaltar a María, ha distorsionado la verdad simple y directa de la Biblia, ha ocultado y pervertido el evangelio, y ha convertido a sus seguidores en seres supersticiosos, víctimas de la apariciones místicas y tenebrosas de un espíritu que se identifica con el nombre de María. En estas apariciones, reales o fraudulentas, este espíritu ha aconsejado a los católicos al arrepentimiento, a hacer penitencia, y a rezar el Rosario por la conversión de los pecadores y la paz del mundo. También le ha pedido a los fieles que practiquen más devoción por María.

Estas apariciones han impedido a los católicos venir a Cristo, y sólo a El, por la salvación de sus almas. Bien podemos juzgar estas apariciones por sus frutos, y estos definitivamente no son de Dios.

Idolatría en la doctrina católica

“Oh Virgen santísima, nadie abunda en el conocimiento de Dios excepto por tí; nadie, Oh madre de Dios, obtiene salvación excepto por tí; nadie recibe un don del trono de misericordia excepto por tí”. (15)

La oración del Papa Leo XIII sería de una precisión teológica admirable si él se hubiera referido a Jesucristo en lugar de María. Sólo por medio de Jesucristo podemos conocer a Dios (Jn. 1:18), obtener salvación (Jn. 14:6), y recibir misericordia ante el trono de la gracia (He. 4: 14-16). Efesios 2:18 establece que “por medio de él (Jesucristo) los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”. Esta es la fórmula bíblica para acercarse a Dios: por medio del Hijo, en el Espíritu, al Padre. Jesucristo mismo enseñó a orar directamente al Padre, en el nombre del Hijo (Jn. 16: 26,27). Por consiguiente, los cristianos bíblicos oran en el nombre de Jesús, no en el de María (Jn. 14: 13,14).

La doctrina católica ha robado de la gloria de Dios, y como consecuencia tenemos millones de católicos profesando más devoción a María que a Jesucristo. ¿Es responsable la iglesia de Roma de conducir a sus seguidores a la idolatría y arriesgar de esa forma el destino eterno de millones? Para poder contestar esta pregunta, primero tenemos que definir el significado de idolatría. En los diez mandamientos, Dios dijo:

“Yo soy Jehová tu Dios ….. NO tendrás dioses ajenos delante de mí. NO te harás imagen, ni ninguna semejanza …. NO te inclinarás a ellas, ni las honrarás, porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso …” (Exodo 20: 2-5 – subrayado mayúsculas nuestros).

Si estos mandamientos se entienden simplemente como prohibiendo la adoración de otros dioses por encima de Dios, nadie podría acusar a la Iglesia de Roma de promocionar la idolatría. La Iglesia Católica enseña que María es, en realidad, un ser creado. Al mismo tiempo enseña que el rol de María en la salvación es secundario al de Cristo. La ruta de escape de los teólogos católicos consiste en decir que María merece una devoción que es de un grado inferior al grado de adoración reservado para Dios. Los teólogos católicos han creado su propia escala de veneración o devoción (16).

En el pasaje de Exodo hemos subrayado “delante de mí” precisamente para señalar que Dios no deja lugar para la existencia de una tabla de grados, sino que dice literalmente, “no tendrás dioses delante de mi rostro”. Dios, como un Dios celoso que es, exige devoción y lealtad indivisible. Su pueblo no debe tener otros dioses “sumados a El” (17).

Es en este punto donde la devoción de los católicorromanos hacia María cruza la línea y entra en el territorio de la idolatría. Cuando los desorientados católicos se arrodillan delante de una estatua de María, le besan los pies, y le ofrecen la alabanza y la petición desde su corazón, le están dando a la criatura la devoción que sólo se le debe a Dios, y a nadie más que Dios. No importa en absoluto que la Iglesia Católica defina esa devoción y honra como algo secundario o de menor grado que la adoración a Dios. Dios no acepta otros dioses delante de El, no importa cuán inferiores sean.

Sumado a esto, es imposible que el católico promedio, y aún el informado, pueda establecer en su corazón qué tipo de adoración está rindiendo. No existen en el corazón del ser humano diferentes sensores que puedan registrar y provocar estados de adoración diferente. El católico promedio no tiene la menor idea de los grados de devoción reconocidos por su iglesia, ni tampoco está en su poder hacer la distinción cuando se arrodilla frente a María o un santo de los tantos. En consecuencia, cae en la idolatría debido a su ignorancia. Esta ignorancia no le podrá servir de excusa delante de Dios. Los maestros de la Iglesia Católica se encuentran aún en mayor peligro frente a Dios, ya que María, tal cual es definida por Roma, es virtualmente indistinguible del Hijo de Dios en excelencia, poder y logros. La tenue diferencia está, según la Iglesia Católica, en los “grados”.

La respuesta a la pregunta ¿Es responsable la Iglesia Católica de conducir a sus fieles al terreno de la idolatría? es definitivamente, sí. La idolatría se practica endémicamente dentro de la iglesia de Roma. La mayoría de los católicos, al adorar estatuas y reliquias de María y los santos, son culpables de idolatría. No interesa que un teólogo use diferentes palabras del idioma latín para defender la costumbre. El católico promedio no conoce ni le interesan las distinciones tan sofisticadas. Cuando besan y adoran las estatuas de la virgen María o los santos, lo hacen tan sincera y fervientemente como los hindúes con sus dioses y diosas.

Notas:

1. Christianity Today – Entrevista de David Neff a Mel Gibson, publicada Febrero 20, 2004 —- www.christianitytoday.com/movies/commentaries/ passion-melmarymothers.html

2. Concilio Vaticano Segundo, “Constitución Dogmática de la Iglesia”, no. 58 — C.I.C. 964

3. Papa Benedicto XV, Inter Sodalicia. Ver también Papa Pío XII, Ad Colei Reginam y Concilio Vaticano Segundo, “Constitución Dogmática de la Iglesia”, no. 56 — C.I.C. 973

4. El lema Totus Tuus viene de una oración en latín por San Luis de Montfort (1673-1716); Tuus totus ego sum, et omnia mea tua sunt, O Virgo super omnia benedicta, significando: “Yo soy enteramente tuyo, y todo lo que poseo es tuyo, Virgen Bienaventurada sobre todo” (Arthur burton Calkins, Totus Tuus [Libertyville, IL: Academy of the Immaculate, 1992], p. 27) ———- Cit. The Gospel According to Rome, James G. MacCarthy, (Harvest House Publishers, Eugene, Oregon, 1995) p. 182

5. De una entrevista con Monseñor Stanislaus, conducida por Andre Frossard, Be Not Afraid! (New York: St. Martin Press, 1982), p. 226. —— Cit. The Gospel According to Rome, James G. MacCarthy, (Harvest House Publishers, Eugene, Oregon, 1995) p. 183

6. Concilio Vaticano Segundo, “Constitución Dogmática de la Iglesia”, no. 66 — C.I.C. 971, 2676-2679, 2682.

7. Papa Leo XIII, Octobri Mense.

8. “Santo Domingo sabía que … ella [María] es por naturaleza tan buena y tan misericordiosa que, inclinada a ayudar espontáneamente a los que sufren, es absolutamente incapaz de rehusar ayuda a los que la invocan … especialmente a los recurren a ella por medio del Santo Rosario.” — Papa Benedicto XV, Fausto Appetente Die.

9. “Tenemos la esperanza cierta de que Dios, será en ultima instancia, movido y tendrá piedad sobre el estado de su Iglesia, a prestar oído a las oraciones que llegan a él a través de ella [María], a la que él a escogido para ser la dispensadora de todas las gracias celestiales.” — Papa Leo, Superiore Anno.

10. Catecismo de la Iglesia Católica: 411, 490-493, 508

11. Ibid.: 484-489, 495-511.

12. Ibid.: 966, 974.

13. Ibid.: 494, 963 – 973.

14. Ibid.: 968-971, 975, 2673-2682.

15. Papa Leo XIII, Adiutricem Populi.

16. La Iglesia Católica reconoce tres grados de devoción: 1) Latria, la forma más alta de adoración, reservada para Dios solamente. 2) Hiperdulia, un escalón por debajo de Latria. Es la forma más alta de veneración que se le puede ofrecer a un ser creado. María solamente merece esta clase de honra.
3) Dulia, veneración simple. Este grado de honra se debe dar a los santos y a los ángeles.

17. Traducción del hebreo “delante de mí” (Exodo 20:3), por C.F. Keil y F. Delitzsch, Commentary on the Old Testament (Grand Rapids: Eerdmans, reimpreso 1985), El pentateuco, tomo 2, p. 114.
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*Este artículo ha sido publicado en este blog con el permiso de Pablo Santomauro*



Examinando Algunos Clichés Evangélicos

9 Marzo, 2008

por Pablo Santomauro

Introducción
Debido a que los evangélicos tenemos la saludable premura de ganar almas para Cristo siempre estamos tratando de crear frases ingeniosas o clichés que produzcan el impacto de convicción necesario en el incrédulo y lo atraigan al evangelio de Cristo. Del mismo modo, guiados por el amor a los que se pierden y temiendo que estos puedan ofenderse con la predicación del evangelio, tratamos de ser lo más diplomáticos posible. En la empresa, sin querer podemos llegar a omnubilar el mensaje manejando conceptos que si bien contienen verdades en su fibra medular, pueden tener un efecto negativo en la vida del convertido a posteriori. En muchos casos hasta llegan a contradecir la enseñanza bíblica, enseñando algo que simplemente no es verdad. A continuación elaboramos en algunos clichés evangélicos con la finalidad de analizarlos honestamente y sopesar su fidelidad a la verdad.

El Cristianismo no es una religión, es una relación.

¿Qué es una religión? Por definición, una religión es una cosmovisión que nos comunica lo que debemos creer y cómo debemos vivir. Está compuesta de ideas, i.e. doctrinas, y valores morales. Una religión requiere que aceptemos ciertos conceptos e ideas como la Verdadera explicación de todo lo que es. La aceptación intelectual de esos conceptos e ideas como la Verdad, es lo que se define como “fe.” Además de esto, una religión requiere que sigamos una lista de mandamientos, prohibiciones, y rituales.

La pregunta que yo siempre hago a los cristianos es: ¿Es el cristianismo una religión? Por lo general, mis hermanos vacilan en contestar. ¿Por qué? Porque muchos vienen escuchando por mucho tiempo el cliché: “El cristianismo no es una religión, es una relación.” Esto es repetido constantemente por algunos predicadores, pero no es una frase adecuada.

Yo entiendo que la intención es buena. Ellos quieren transmitir que la salvación de los humanos no es algo que se logra con buenas obras o cumpliendo ciertos ritos. Esto enseñan las religiones del mundo, pero el verdadero cristianismo enseña que la salvación sólo viene por gracia solamente. No importa cuántas cosas buenas usted haga, eso no le gana el cielo. Es sólo la fe en Jesucristo la que cuenta, i.e., una relación con Dios.

Es por ello que los predicadores cristianos quieren desprenderse o alejarse del concepto de “religión”, por la connotación negativa que acarrea el término. De este modo, surgió alguien con una solución, o sea, decir que el cristianismo no es una religión, sino una relación. Como “religión” y “relación” riman, el eslogan se hizo popular rápidamente.

Pero estamos frente a un error, el cristianismo sí es una religión. La diferencia con las demás religiones consiste en que es la verdadera religión. Esta verdadera religión implica una relación con Dios. Entonces, a lo sumo podríamos decir que el cristianismo es ambas, una religión y una relación.

Algo similar sucede cuando algunos dicen que el cristianismo no es una lista de cosas “qué hacer y qué no hacer”, o sea, una listas de “sís” y “nós.” La intención aquí es que la gente entienda que la salvación es por gracia solamente, y que no se puede ganar haciendo o no haciendo esto y lo otro (lo cual es correcto).

El problema es que el cliché puede transmitir la idea de que el cristiano goza de cierta flexibilidad moral extrema, algo que es erróneo.

No existe tal cosa como cristianismo sin una lista de ‘sís” y de “nós.” Usted no puede ni siquiera conducir un automóvil, o vivir en familia, o trabajar en una oficina sin una lista de “sís” y de “nós.” Todo lo que hay que hacer para ver si hay cosas que debemos de hacer y no debemos de hacer, es abrir la Biblia. Frases como, “Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros”, “huid de la idolatría”, “No dejéis de congregaros”, “haced bien a todos”, etc., deberían ser suficiente para que nosotros pongamos el eslogan en nuestra propia lista de cosas que debemos evitar cuando estemos predicando o enseñando.

Dios le ama y tiene un maravilloso plan para su vida.

¿Recuerda el lector las cuatro leyes espirituales de Campus Crusade for Christ? En las cuatro se menciona el amor de Dios y el plan de Dios para la vida del pecador. Hoy en día aun escuchamos en muchos sermones evangelísticos, o sea, predicaciones dirigidas al no creyente, el conocido “Dios le ama y tiene un plan para su vida.” El mismo mensaje se presenta desde la mayoría de los púlpitos evangélicos, poniendo énfasis en una relación personal con Dios.

Hoy acabo de repasar las cuatro leyes espirituales una por una, con los versículos que se dan apoyando cada una de ellas. He notado que en ninguna de ellas se menciona directamente la necesidad de arrepentimiento por parte del pecador. El énfasis mayor en todo el plan de las cuatro leyes es “recibir a Cristo” en “su vida.” Es cierto que el plan hace repetida mención de que somos pecadores, que nuestros pecados nos separan de Dios y de que Cristo murió por nuestros pecados. Alguien con conocimiento bíblico puede argumentar que el arrepentimiento está implícito en las afirmaciones previas, con lo cual concuerdo. Pero, ¿puede el no creyente deducir la necesidad de arrepentimiento al escucharlas?

Otra pregunta: ¿Es bíblico predicar el amor de Dios a los no creyentes sin mencionar el arrepentimiento? O simplemente: ¿Es bíblico procurar ganar almas para Cristo promoviendo una relación personal con El? ¿Es bíblico esperar convertir al no creyente con la promesa de que Dios tiene un plan para su vida?

Cuando vamos a los tiempos de la Iglesia Primitiva, ¿muestra el registro del libro de Hechos la noción de que el foco central del cristianismo es una relación de amor con Dios y el mejoramiento de nuestra vida personal?

Yo no pude encontrar eso en el libro de Hechos. Ni en la predicación de Pedro en Pentecostés, ni en la predicación de Pedro a la puerta de la Hermosa, ni en sus palabras delante del sumo sacerdote, ni en su segunda defensa ante el Concilio. Ni en la defensa de Esteban frente al Concilio, ni en el mensaje de Pedro a la casa de Cornelio, ni en el mensaje de Pablo a los judíos en la sinagoga de Pisidia, ni en el discurso de Pablo en Atenas, o su defensa en Jerusalén, o su presentación frente al Sanhedrín, la defensa frente a Félix y Drusila, y finalmente frente a Agripa.

No hay una sola mención del amor de Dios, de que Dios tiene un plan para su vida, de que debemos tener un relación con Cristo o una tierna relación con Dios. El amor brilla por su ausencia. El énfasis está en la necesidad del perdón de pecados, en que Cristo puede perdonar, o en su defecto, puede traer juicio sobre los no arrepentidos.

¡Qué extraño! El amor de Dios no es mencionado ni una sola vez en todo el libro de Hechos. ¿Será esto una cosa a tomarse en cuenta cuando predicamos el evangelio? ¿No será una indicación de que cuando predicamos para el incrédulo y tratamos de seducirlo con una relación personal y el amor de Dios estamos equivocando el camino?

Por supuesto que las Escrituras, y en especial las epístolas en el Nuevo Testamento, destacan el amor de Dios en forma abundante, pero parecería que en todas las instancias en que se menciona el amor de Dios y una relación personal con El, el contexto indica que el mensaje es para los que ya están en Cristo.

Por último, digamos que si usted le predica a los inconversos poniendo el énfasis en que Dios tiene un plan para su vida, procure que la persona no conozca lo que le sucedió a Esteban, a Jacobo, o más adelante a Pablo y los demás apóstoles. Puede que no responda muy bien al llamado a entregarse a Cristo al final de su sermón.

La salvación en los últimos momentos de vida.

Cuando un incrédulo muere sin exhibir muestras de haber aceptado a Cristo como Señor y Salvador, es lógico lamentarse porque su alma se perdió. Algunos hermanos consideran que es posible que en su lecho de muerte, en los últimos segundos, la persona pudo haberse arrepentido y salvarse. Esto de la salvación en el último minuto, o la salvación del estribo, o para hablar en términos futbolísticos, salvación en los descuentos, se ha convertido en un cliché muy popular. Proviene mayormente de nuestros hermanos en Cristo inclinados hacia el misticismo, y por lo general incluye la participación de Cristo o un ángel apareciendo al moribundo en los últimos instantes de su vida.

Por cierto que si el evangelio es presentado a la persona en su lecho de muerte y ésta recibe a Cristo, la persona será salva. Pero el mensajero del evangelio debe ser un persona humana. Dios ha dispuesto que el evangelio sea transmitido por seres humanos, así que la idea de que un ángel en los últimos segundos haya presentado la verdad al pecador,o Jesús se le haya aparecido, es absurda.

Quiero recalcar el concepto. Los inconversos deben indefectiblemente escuchar o leer acerca del Señor Jesucristo por medio del hombre como instrumento para poder ser salvo. El evangelio no viene a nosotros por medio de los ángeles, de visiones o sueños. Es por ello que yo soy escéptico respecto a las historias que vienen desde el mundo islámico, donde aun misioneros cristianos relatan que Jesús se le ha aparecido, ya sea en visión o en sueños, a musulmanes que se convirtieron luego de ello.

Dios ha designado a la Iglesia el privilegio y la responsabilidad de diseminar el evangelio (Mt. 28: 19-20; Mr. 16:15; Ro. 10: 13-17). Se entiende, por tanto, que Dios siempre enviará el evangelio a los que han sido ordenados para vida eterna por medio de un instrumento humano. Ejemplos de esto fueron Cornelio y el eunuco, en el Nuevo Testamento.

¿Es posible la salvación en el último minuto de vida? ¡Por supuesto que sí! Pero sólo si un humano le presenta el evangelio en ese momento, o en su defecto, el inconverso moribundo clama a Cristo en arrepentimiento y en fe, basado en el evangelio que alguna vez escuchó o leyó durante el transcurso de su vida.

Cristo es la Respuesta.

Si la pregunta es, “Cómo puedo ser perdonado por mis pecados”, o “Cómo puedo ser salvo y tener vida eterna”, ¡por supuesto que la respuesta es Cristo! Si la pregunta del pecador es cómo puede confrontar problemas y tribulaciones en su vida, también es cierto que venir a Cristo es la respuesta. Pero venir a Cristo en arrepentimiento y en fe no siempre significa que los problemas van a desaparecer. En algunos casos permanecen y para siempre, y en otros se tornan peor. Cristo es la respuesta en el sentido de que él nos dará la fuerza y la gracia necesaria para sobrellevarlos, al mismo tiempo que va moldeando nuestro carácter cristiano y hace que todas las cosas ayuden a bien para los que aman a Dios.

Es crucial que cuando usemos el cliché, que es perfectamente válido, sepamos definirlo y cualificarlo. En una sociedad materialista formada por individuos consumidos con una obsesiva preocupación por ellos mismos, debemos tener mucho cuidado con ofrecer soluciones a corto plazo. Esta tendencia se ha introducido en medios evangélicos. Yo estoy tentado a escribir un libro titulado “Si Dios me Ama, ¿por qué mi auto no arrancó esta mañana?” Estoy seguro que mis problemas económicos se desvanecerían.

Digo esto porque en la iglesia de hoy hemos hecho nuestra prioridad absoluta el no sufrir más, ese es nuestro objetivo en nuestra vida cristiana. Lo siento, pero tengo que decirles que Dios nunca ha prometido una liberación temporal del sufrimiento. Por el contrario, Dios nos habla en prácticamente cada página de la Escritura para que nos preparemos para sufrir.

Yo sé que se oye duro, esto lo último que queremos escuchar, pero el Evangelio no borra nuestro dolor presente, ni lo maquilla, ni lo extirpa como quien hace cirugía. En lugar de ello, el evangelio nos señala o apunta hacia otras realidades. Otras realidades que son infinitamente más hermosas que la solución a nuestros problemas, y nos da poder para ejercitar un nuevo tipo de obediencia aun en medio del sufrimiento.

La Biblia no es un manual con las instrucciones de como no sufrir, sino que nos enseña a vivir en medio del sufrimiento. Si nosotros como maestros enseñáramos algo diferente, como “entreguen su vida a Cristo y vean como todo se soluciona”, “Busquen a Cristo y verán como su sufrimiento desaparece”, estaríamos comprometiendo seriamente el evangelio.

Cuando los pastores hablan de que Jesucristo y la Palabra de Dios tienen el poder para transformar sus vidas, no se refieren a un proceso mágico por el cual todos sus problemas se van a solucionar, sino que se refieren a la transformación de la persona que resulta en la formación del carácter cristiano que Dios quiere desarrollar en nosotros.

Ahora bien, muchos cristianos nuevos pronto se desilusionan respecto a la nueva vida en Cristo debido a que se les dijo que “Cristo es la Respuesta”, en el sentido que desde el momento que recibimos a Jesucristo como nuestro Salvador personal, nuestra vida va a ser un plato de fresas con crema y todo se va a solucionar.

Uno de los peligros de la promesa “Dios le ama y tiene un plan para su vida” no es que no sea cierta. Son los detalles del plan los que pueden complicar las expectativas del recién convertido. Desde la perspectiva netamente humana, no existe en la Biblia ninguna historia que termine con el consabido “y vivieron felices para siempre.” Lo cierto es que en la vida del cristiano habrá luchas internas, pruebas, tentaciones y tribulaciones. Es por ello que es esencial que el cristiano tenga un entendimiento claro de lo que es su vida en esta nueva etapa, y se le prepare de modo que la pueda vivir con la certidumbre de que Dios lo capacitará para perseverar en medio de las circunstancias.

Y sí, por supuesto que Cristo es la Respuesta.

¿Dios aborrece el pecado pero ama al pecador?

“Dios no está enojado con usted, Dios le ama”, “Dios odia el pecado pero ama al pecador”, “Dios aborrece el pecado, no a usted.” Frases como éstas y similares se escuchan con frecuencia en medios evangélicos.

El cliché puede ser un tanto impreciso. El Antiguo y el Nuevo Testamento dejan bien en claro por boca de los profetas, los apóstoles, y Cristo mismo, que Dios está airado contra los pecadores por motivo de su pecado y sus transgresiones.

Un examen riguroso de la Escritura concluirá que la ira, el aborrecimiento y el juicio de Dios, están dirigidos contra el pecador tanto como contra los pecados:

“El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, y los turbará con su ira.”
Salmo 2: 4-5

“Los insensatos no estarán delante de tus ojos; aborreces a los que hacen iniquidad. Destruirás a los que hacen iniquidad. Destruirás a los que hablan mentira; al hombre sanguinario y engañador abominará Jehová.”
Salmo 5: 5-6

“Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días.”
Salmo 7: 11

“Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece.”
Salmo 11:5

“Porque la ira de Dios se revela contra el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad.”
Romanos 1:18

“Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a lo que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia.”
Romanos 2:5-8

“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.”
Romanos 5:10

“Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí.”
Romanos 9:13

“Entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hjos de ira.”
Efesios 2:3

Si Dios sólo aborrece el pecado y no a los pecadores que cometen los pecados, ¿por qué destina a los pecadores al infierno? ¿Por qué no envía al infierno sólo a los pecados? ¿Por qué Dios castigó a Cristo como sustituto del pecador, en lugar de castigar el pecado? Quizá porque el pecado no es algo que pueda castigarse. Nadie puede comprar medio kilo de pecado y cargárselo encima.

Ahora bien, ¿cómo reconciliamos lo que vengo diciendo con los pasajes que hablan del amor de Dios hacia nosotros Sé que a estas alturas el lector puede estar molesto porque estamos, en cierta forma, desmenuzando ideas preconcebidas que le han acompañado por mucho tiempo. Es mi deseo que el lector conserve ahora un espíritu dispuesto a examinar la Escritura objetivamente despojándose de presuposiciones que han sido taladradas en su mente.

¿Dónde está el amor de Dios en todo esto? Propiciación es la doctrina bíblica que dice que la muerte de Cristo en la cruz es lo que satisface las demandas de la justa ira y enojo de Dios. Propiciación es el regalo de amor del Padre que quita Su ira de la persona del pecador.

Definición de la ira de Dios: “La inevitable reacción de Aquél que es totalmente bueno, frente a lo que es malo.”

“La ira de Dios se revela desde el cielo” (Ro. 1:18). Es con esta frase que Pablo comienza la exposición del evangelio. La única forma de escapar la ira de Dios es corriendo a refugiarse en el Señor Jesucristo, la única esperanza en la vida y en la muerte.

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:36). La Escritura afirma que Jesús es el único que puede salvar al pecador de la ira venidera (1 Tes. 1:10).

Estimado lector, ¿te encuentras a salvo en los brazos de Jesús? ¿Estás pronto para el Día del Juicio? ¿Has pasado de estar bajo la ira de Dios a estar bajo Su gracia y misericordia? Ven a Jesús, en arrepentimiento y fe, para que solo conozcas la ira de Dios como una doctrina y nunca como una experiencia propia.

No debemos juzgar el destino eterno de una persona.

Cuando en cualquier clase de conversación con gente que no es cristiana se menciona que el destino eterno de los que rechazan a Cristo es el infierno, invariablemente encontraremos que de pronto, alguien parece conocer la mente de Dios mejor que nadie cuando responde más o menos con estas palabras: “Sólo Dios conoce el destino eterno de una persona.”

En un sentido, el concepto es acertado si la idea se basa en la omniciencia de Dios. Pero la intención del momento es impedir o neutralizar el efecto que la exposición de la verdad bíblica puede estar causando en la mente de los escuchas. La noción subyacente es que nadie puede juzgar (discernir) el estilo de vida de alguien. La admonición viene frecuentemente acompañada con el consabido “No juzguéis para no ser juzgados.”

Es lamentable que este concepto se maneje aun dentro de círculos cristianos como resultado de la corriente humanística que ha invadido la iglesia, la cual procura entre otras cosas, no ofender a nadie. Claro está que no ofender a nadie, en este caso, significa no decir la verdad. Esto es muy conveniente para los cristianos que no desean traspasar los límites de su zona de confort.

La verdad bíblica antagoniza de plano con el cliché en cuestión. El apóstol Juan dice que la persona que es salva guarda obediencia a la Palabra de Dios (1 Jn. 2:3). Y aún va más allá cuando afirma que la persona que dice tener una relación con Dios, pero sin embargo vive en desobediencia, tal persona es “mentirosa y la verdad no está en ella (2:4).” Y otra vez, la prueba que muestra que la persona es salva es que ésta “permanece en él”, y “anda como él anduvo (2:5).”

Como vemos, Juan no está hablando de cosas abstractas, sino de pruebas tangibles que son obvias a los sentidos y la capacidad de razonar del observador imparcial. Es manifiesto que el Espíritu Santo, a través de Juan, nos deja aquí lineamientos claros y precisos en cuanto a determinar quién es un genuino hijo de Dios, y quien no lo es, aun cuando éste reclame serlo. Es también obvio que a la persona que vive en pecado, de permanecer en ese estilo de vida, o de morir en esa condición, le depara un destino eterno en el infierno.

Esta no es la única instancia en la cual Dios provee la clave para que los cristianos podamos discernir la condición espiritual de una persona con el grado de certidumbre suficiente como para manejarnos en la vida diaria. De lo contrario, los cristianos estaríamos desprovistos de nuestra razón de ser, el anunciar las Buenas Nuevas con respecto al pecado y el camino de Salvación (1 Pe. 2:9-10).

En 1 de Juan existen más pistas inequívocas que nos proveen información sobre quién es un cristiano y quién no lo es. Veamos una:

“Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.” (1 Jn. 3:9)

El apóstol Juan no está afirmando que el cristiano no pueda pecar, sino que no hará del pecado un estilo de vida. Si un cordero y un cerdo caen en el lodo, las actitudes de ambos serán muy diferentes. El cordero va a querer salir y eventualmente lo hará, pero el cerdo permanecerá allí muy cómodo. Lo mismo es con la persona que realmente ha sido regenerada por el Espíritu de Dios y la que sólo presentó la apariencia de ser cristiana pero nunca fue salva. La diferencia entre los salvos y los no salvos es clarísima y se reafirma en el siguiente versículo (v. 10) donde el contraste es aun más evidente: “En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo.”

EL apóstol Pablo parecería tener la impresión de conocer el destino eterno de ciertas personas, cuando escribe:

“No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.” (1 Co. 6: 9-10)

Recientemente una hermana en Cristo me confrontó muy amorosamente cuando hice un comentario humorístico pero de contenido verdadero. Dije que Joseph Smith, el profeta mormón, ya hace tiempo que recibe lecciones de teología en el infierno (bueno, el Hades, para ser teológicamente exacto). La hermana planteó que los cristianos no debemos hacer comentarios acerca del destino eterno de las personas. Yo le dije que de acuerdo con la Biblia, y considerando que no existen evidencias de que Joseph Smith se hubiera arrepentido, la conclusión natural es que podemos determinar con un alto grado de precisión que su destino eterno es el infierno.

Muchos cristianos modernos coinciden con la hermana, pero esta es una manera absurda de pensar que además denota un conocimiento raquítico de la Palabra de Dios. Una de las artimañas de Satanás es hacernos creer que no debemos juzgar las doctrinas o los estilos de vida de las personas (2 Co. 2:11).

Si se supone que no podemos juzgar cuando una persona es salva o no, nadie podría ser bautizado o hacerse miembro de una iglesia protestante, o escoger pastores y líderes para su iglesia.

El apóstol Pablo dijo que no nos dejáramos engañar por cierta gente (1 Co. 6:9-11; Gá. 5:19-21). Si son paganos o falsos maestros, debemos decirlo. Si reclaman ser cristianos pero no obedecen la ley de Dios, Juan dice que debemos denunciarlos como mentirosos (1 Jn. 2:4). Pedro no tiene ningún empacho en decir adonde van a ir a parar los falsos maestros (2 Pe. 2:1s). Pablo, en 1 Timoteo 4, dice claramente que algunos predican doctrinas de demonios y los llama mentirosos.

Conclusión: Lo más amoroso que podemos hacer es juzgar a la gente de acuerdo con el criterio bíblico.

¿Ama Dios a todos los hombres por igual?

No existe duda que el plan de salvación fluye del incomparable amor de Dios. El amor de Dios emana de cada página en la Biblia. Ya en el Antiguo Testamento las menciones sobre el amor de Dios son múltiples y cristalinas. Cualquier persona con una concordancia puede localizar las referencias acerca del amor de Dios en el Antiguo Testamento. Un análisis de éstas nos lleva a la conclusión de que existen dos clases de amor de parte de Dios:

1. Amor no redentivo – Amor por el pueblo judío manifestado en las bendiciones individuales y colectivas, así como las promesas condicionales e incondicionales respecto a la nación. Este amor comprende o encompasa tanto al judío externamente obediente, como a los genuinos creyentes hijos de Abraham.
2. Amor redentivo – El amor de Dios relacionado con el don de la salvación eterna. Este tipo de amor por parte de Dios alcanza exclusivamente a los elegidos de Dios que son identificados como el remanente creyente de Israel (Is. 10:20-22; Ro. 9:23-29).

Es claro, por otra parte, que el amor de Dios en el Antiguo Testamento en ambos aspectos, redentivo y no redentivo, sólo se extiende hacia el pueblo del pacto, Israel. Ni una sola vez, en todo el Antiguo Testamento, se extiende a las naciones paganas de los alrededores.

Veamos ahora el amor de Dios en el Nuevo Testamento. Aquí, prácticamente todas las referencias al amor de Dios caen dentro la categoría de amor redentivo. Este amor redentivo de Dios es eficaz, irresistible e incondicional (Ro. 8:29-30; Ef. 5:25-27; Ap. 1:5). Los recipientes del amor redentivo de Dios ya no son solamente los elegidos de Israel, sino que ahora son incluidos los elegidos de entre los gentiles. Vemos, entonces, que el amor redentivo de Dios no está dirigido a toda la humanidad.

Desde que Dios ama a los que escoge y predestina para salvación, y desde que Dios no ha escogido a toda la humanidad para salvación, es obvio que Dios no ama redentivamente a toda la humanidad. Es cierto que Dios ama a la humanidad en general, aun hasta al impío en cierto sentido. Dios suple para sus necesidades físicas, por ejemplo (Mt. 5:44-45). Pero el amor por el impío es mucho menor que el amor que Dios siente por los creyentes (1 Jn. 3:1). Antes que enfatizar el amor no redentivo por los inconversos, la Biblia enseña con mucho mayor énfasis que Dios aborrece al pecador (Sal. 5:4-6; Pr. 6:16-19; Ro. 9:13; ver también la sección Dios aborrece el pecado pero ama al pecador).

Un pasaje que generalmente se usa para mostrar que Dios ama a todos los hombres por igual es Juan 3:16:

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Se argumenta que la palabra “mundo” (kosmos) implica que el amor de Dios se extiende a todo individuo que existió, existe y existirá sobre la faz de la tierra. No deseando en ninguna manera desbordarnos hacia la polémica de la expiación o redención limitada, nos concentraremos simplemente en deducir el significado de la palabra kosmos, y su inferencia lógica respecto al tema que nos atañe, ¿ama Dios a todos los hombres por igual?

Lo primero que debemos descubrir es a cuál tipo de amor se refiere el pasaje. Es obvio que la referencia al amor redentivo de Dios es indiscutible. Segundo, es sabido que Juan usa la palabra kosmos de diferentes formas en sus escritos. Razones de espacio nos impiden listar los diferentes significados de la palabra kosmos, los cuales son determinados en toda instancia por el contexto. En el caso de Juan 3:16, para hallar la definición de kosmos debemos ir a Juan 3:18-19:

Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito del Padre.

El erudito Ra McLaughlin presenta el argumento lógico de la siguiente manera:

a. Dios envió su Hijo a salvar el kosmos.

b. Dios no envió a su Hijo a condenar al kosmos.

c. Los creyentes son salvos.

d. Los creyentes no son condenados.

e. Los no creyentes no son salvos.

f. Los no creyentes son condenados.

g. Desde que los NO creyentes son condenados (no salvos), en oposición al kosmos, el cual no es condenado sino salvo, los NO creyentes no son parte del kosmos en este pasaje.

h. Como los creyentes son salvos y no son condenados, del mismo modo que el kosmos es salvo y no es condenado, kosmos representa a los creyentes en este pasaje.

(http://www.thirdmill.org/files/english/html/th/TH.h.McLaughlin.LA.20.html)

La Escritura indica, en su contexto amplio, que el amor que Dios tiene por sus escogidos es diferente al que tiene por la humanidad en general. Por motivo de su amor por Cristo, Dios ha hecho a ciertos individuos el objeto de su amor especial desde antes de la fundación del mundo. Los ha amado por lo que ellos serían en Cristo, y el hecho de que ellos se convertirían en pecadores no fue suficiente para disminuir su amor:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad.
Efesios 1:3-5

Dios tiene un amor especial en Cristo por aquellos a los que predestina para salvación. Este amor no es el mismo amor que Dios tiene por la humanidad en general. Es un amor mucho más superior, es el amor redentivo y electivo de Dios, tan intenso que él no puede evitar salvar a los que son objeto de ese amor. Además de la famosa roca tan grande que él no puede levantar, ésta es otra de las cosas que Dios no puede hacer, dejar que los que él ama se pierdan.

*Este artículo ha sido publicado en este blog con el permiso de Pablo Santomauro*